16 mar. 2014

Ella


Ella vive en una estrella
que una noche eligió en el cielo.
Sobre vapores de niebla
descansa su grácil cuerpo.

Se levanta, serena,
y adorna su pelo
con cintas de estelas
tejidas en sueños.

De bondad siempre llena, 
el corazón, un cofre abierto
cuya noble madera
alberga buenos deseos.

Unos dicen que es una quimera,
de radiantes cabellos,
que por donde pasa siembra
esperanzas en el suelo;

otros, una princesa meiga
que renunció a su reino
para dedicarse entera
a florecer inviernos;

pero yo sé que es ella,
que levantando un día el vuelo,
se convirtió en ángel que vela
por todo lo que es bello.

11 mar. 2014

La inercia del deseo


Vendaremos nuestros ojos,
ataremos nuestras manos,
sin sentirlo y a traición
juntaremos nuestros labios.

Seguiremos con el juego
hasta sentirnos despojados
de aquella libertad
de la que un día gozamos.

Y cuando el corazón en el pecho
emita su latido desesperado,
quizás nos demos cuenta
de que nunca nos amamos. 

9 mar. 2014

Surcos


Surcos en el agua,
surcos en la arena,
surcos en el alma,
surcos en estrellas.

Señales, marcas
en la tierra
horadan, excavan,
ocultos indicios revelan.

Restos, trazas,
emociones, ideas,
secretos que se graban,
palabras entre rejas,
rastros que hablan,
arañazos en las huellas.

Y este papel,
ya surcado,
se me quiebra,
se me quie

5 mar. 2014

Sombras quebradas


Se internó en el bosque
una noche de luna nueva.
Los árboles susurraban su nombre,
crujían y se reían de ella.

El vestido blanco, 
hecho jirones, 
y la larga cabellera
se enredaban a merced
de las ramas traicioneras.

A ratos, sentía roces,
tirones de cadera,
como si algo quisiera agarrarla,
con oculta intención aviesa.

Y oía esas voces,
esas voces siniestras
que teñían de peligro
cada tramo,
y en su valor hacían presa.

Pero ella seguía, a golpes,
aturdida y casi a ciegas,
a través de la espesura,
entre remolinos de niebla...

Tropezaba, se hacía cortes,
caía en la húmeda hierba...,
pero otra vez se levantaba
como tirada por una cuerda.

Era su conciencia, con reproches,
que la cubría de cieno y arena,
y empujaba a los infiernos
de secretas penas.

Ya sin aliento
y sin fuerza en las piernas,
reposó su tormento;
se dejó caer al borde
de unas corrientes serenas.

Se acercó, con miedo, a su espejo
para comprobar que su pureza
se tiznaba con el aspecto 
de su quebrada silueta...

Mas descubrió, perpleja,
que sus reflejos 
sólo mostraban belleza.
Ni lodo ni sangre
ni rotas vestimentas.

Y en aquellas límpidas aguas,
entre la negra floresta,
disolvió para siempre
esa amarga tristeza.